Cerca de Barcelona Descubrimos el Bages en familia

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Cuando llegó la oportunidad de descubrir el Bages en familia, no lo dudamos ni un momento. ¡Vamooos!, exclamó Pau. Pero acto seguido preguntaba, por lo bajini: ¿A donde dices que vamos? Y después de unas cuantas risas consultamos al Sr. Google, de apellido Maps, para situar nuestra próxima escapada. Y así empezamos a disfrutarla, juntos, días antes.

Como amantes del turismo proximidad que somos nos encanta (re)descubrir nuestro territorio. Porque viajar lejos está bien— aunque no sea tan sostenible como apoyar el turismo local—, pero es que a menudo hay cosas divertidas y sorprendentes más cerca de lo que pensamos… Es como el amor verdadero o las llaves del coche perdidas: que   parecen en el lugar inesperado. Lo suyo es estar abierto a lo inesperado. Porque la aventura, en realidad, eres tú. Con la familia. Y está allá donde vayáis.

Así que dispuestos a pasarlo bien, cantando en el coche cual autobús, llegamos a Món Sant Benet en un pispás (está a 1 hora de Barcelona) y fue un flechazo. Estupendas instalaciones, en un incomparable entorno natural, que incluyen— además del hotel— un restaurante, una tienda de productos locales e infinidad de libros, y actividades.

Se trata de un proyecto de ocio cultural y turístico que fusiona el arte medieval, la naturaleza y la gastronomía, a partir del magnífico monasterio de Sant Benet de Bages, convertido en un espacio musealizado que permite hacer un recorrido histórico y emocional apto para todos los públicos. ¿Qué más se puede pedir? Pero puestos a añadir valor, allí está la Fundación ALÍCIA.

Aunque habíamos oído a hablar de su labor, desconocíamos des del origen de su nombre (que es la suma de ALImentación y cienCIA) hasta todo el abanico de servicios, investigaciones, experimentos y actividades que
realizan, incluso para l@s pequeñ@s de la casa. Y es en este marco que participamos en un taller de recetas refrescantes. Ideal. Pero no sólo por el clima, sino por la oportunidad de descubrir ingredientes y utensilios que en la
mayoría de los casos no están al alcance de nuestr@s aprendices de chef.

Durante un par de buenas horas— que lo cierto es que pasaron volando—Pau i sus compañer@s descubrieron aplicaciones creativas de algas como el agar-agar o los caramelos Halls; estuvieron trasteando con cuchillos, túrmix, licuadoras, morteros, sifones y… ¡nadie salió herido! Ni tan siquiera l@s adult@s acompañantes que estábamos de público y ejerciendo de pinches en la cocina.

Bromas a parte, además de toda la parte creativa de la sesión, fue interesante ver a l@s peques trabajar en equipo, limpiar los utensilios y esperar pacientemente su turno para, al final, poder saborear unos deliciosos y versátiles postres/ meriendas, como la gelatina de sandía, el granizado de melón, un helado rápido y casero de frutos rojos, o el zumo de naranja con gas. En pleno verano qué mejor que comer cosas frescas… ¡Pues hechas por un@ mism@! Unas recetas geniales para repetir luego en casa.

Después de tan sabroso y refrescante aperitivo, nos dirigimos al restaurante que nos habían recomendado, el sótano de el Hostal Soler en Sant Joan de Vilatorrada. Y cual fue nuestra sorpresa al descubrir la perla que guardaba en
su interior: ¡una zona de juego infantil! Con tobogán, piscina de bolas, escalera, sacos colgantes… De hecho fue llegar y quedarnos sin niño. (Incluso el padre de la criatura desapareció un buen rato.) Hasta que aparecieron los macarrones, claro.

Fotografía de Hostal Soler
Fotografía de Hostal Soler

El restaurante dispone de una amplia sala climatizada con un gran espacio al fondo para jugar, dividido en ambientes, y un par de enormes televisores en los que pudimos ver (gracias a Dios o a quién tuviera el mando) unos fascinantes documentales de viajes mientras comíamos. Pero ese era uno de los tantos detalles que nos conquistaron: el pequeño entrante sorpresa (un vasito de crema de calabacín para chuparse los dedos), el aceite km 0 junto al pan en su bolsita de tela, el tomate pelado en la ensalada… Y unas raciones más que generosas, incluso en el menú infantil, que en tantos establecimientos acostumbran a ser justos.

Fotografía de Hostal Soler

Todo ello, junto a un servicio atento y ágil, hacen del Hostal Soler un must por lo que a turismo familiar de la zona respecta, al que vale la pena desplazarse expresamente desde cualquier punto de la comarca. Un tesoro escondido
que permite conciliar la comida entre adultos con el juego animado de los peques. Pero, además, bien de verdad. ¡Y tod@s content@s! Parece un milagro, sí, pero es posible solo gracias a lugares como este. Basta con superar los cuatro escalones de acceso y… ¡a disfrutar!

Después de una rápida (e inevitable) visita a un enorme parque cercano, nos dirigimos a Cardona para la visita teatralizada al castillo. A pesar cierta pereza a causa del radiante sol y de que (mi pareja y yo) ya lo conocíamos,
valió la pena añadir nuevos recuerdos en familia a la memoria, siendo estos aún más divertidos. Así que armados con un espray para refrescarnos, nos dispusimos a descubrir las luces y las sombras de la historia de esta fortaleza
impenetrable que esconde una trágica y misteriosa historia de amor…

Durante las dos horas que duró el show, después de atravesar el portal de entrada del conjunto monumental, viajamos en el tiempo hasta otra época, en la que los señores del castillo, conocidos como los reyes sin corona, por el poder que les otorgaba ser propietarios de la montaña de sal, gobernaban y luchaban contra enemigos venidos de allende para defender la ciudad y su patrimonio. Cantamos, reímos, gritamos, corrimos,… ¡y nos llevamos algún que otro susto, también!

A la vez que paseábamos por los restos del que en su día fue una ciudadela infranqueable, con todos los lujos de entonces, incluida un enorme iglesia con catacumbas y un palco impresionantes, conocimos anécdotas y costumbres
de sus antiguos habitantes, de la mano de un par de sus protagonistas, una doncella y un juglar muy agradables. Aunque no es oro todo lo que reluce, puesto que las apariencias engañan, y una simple visita turística puede
convertirse en la búsqueda y revelación de un secreto… ¡Solo apto para aquell@s valientes que se atrevan a participar!

Dejamos atrás Cardona, aún emocionados por el final de nuestra aventura que acabó por todo lo alto (literalmente), pero que nos dejó con ganas de más— especialmente de tiempo para poder aprovechar a tope la amplia oferta de actividades familiares de la ciudad, además del casco antiguo, como la Montaña de sal con su cueva (en la que se puede gozar también de una ruta teatralizada), el taller artesanal, o el escape room a l’aire libre de Pere Llampdesal y la gincama del pasaporte cardoní, con regalito incluido.

Por una sinuosa carretera entre verdes bosques y campos de trigo recién segados, nos adentramos en el corazón de Catalunya, camino a un camping llamado Cal Paradís. Prometedor, ¿verdad? Con grandes expectativas llegamos a nuestro destino en el momento preciso: justo a tiempo para visitar a los animales. Uno de los atractivos de este reducto de la vida rural tan bien fusionado con el ocio para familias.

En este camping familiar con 25 años de historia, junto a mapadres e hij@s, conviven también gallinas, conejos, cabras, caballos y un poni. Todos en perfecta armonía. No falta de nada en él— excepto algo de cobertura, por el
hecho de estar aislado en su justa medida, también por el tamaño—; pero incluso eso contribuye a permitir esa conexión con la naturaleza y con la tranquilidad del lugar, ya sea dándoos un baño en su piscina de agua salada,
investigando por los alrededores o descubriendo planetas (¡por ejemplo, Saturno!) en el cielo estrellado nocturno.

Además de grandes parcelas para tiendas con las comodidades de los servicios a un paso, disponen también de unos estupendos bungalows, situados en una zona más íntima, con aire acondicionado, cocina, ducha y un porche en el que batirse en duelo al Uno a la sombra con las cigarras de fondo durante el día o disfrutando por la noche de un fresquito— que ya lo quisieran los que van de vacaciones a la playa, que ni falta nos hicieron el aire o las mosquiteras a pesar de estar en pleno julio, vaya.

Y para l@s que quieran el pack completo pueden darse el lujo (a un precio más que asequible) de comer en el restaurante de la masia, con una amplia carta de cocina tradicional casera, que otros comensales llaman confort food
precisamente por lo bien que te hace sentir. Pero no solo los platos, que están de rechupete, sino por el trato del servicio, incluida la jefa y cocinera que atiende a sus huéspedes como la madre que es y que te hace sentir
como en casa, (¡o mejor!) vengas de donde vengas.

Cal Paradís hace honor a su nombre en tantos aspectos… Porque hay cosas que son media vida, como poder leer tranquilamente en la terraza del bar o en el césped de la piscina mientras los peques juegan, allí mismo, en la
surtida ludoteca interior o donde les plazca; saborear un desayuno con productos del huerto, embutidos caseros y zumo natural de naranja recién exprimido; recolectar flores de malva o romero por el bosque mientras los
caballos pasturan, entre otros. Y da gusto compartir la paz de un refugio como este, fruto de un legado familiar de vida en el campo, y contribuir a mantener ese delicado equilibrio que cuida del territorio para disfrute de tod@s.

Nos despedimos de nuestra estancia en el paraíso con cierta nostalgia, pero tomamos el camino hacia el Centre d’Apropament a la Natura a ritmo de “El rey león” y con su banda sonora llegamos por un camino de tierra, después de superar algunos baches, dispuesto a una experiencia bestial. Una excursión de lo más atractiva, a la par de didáctica, en cualquiera de los formatos de visita posibles: escolar, familiar o como celebración de cumpleaños.

En el CAN, conocido popularmente también como La granja, dimos de comer a algunos animales, acariciamos a muchos y saludamos de lejos a unos pocos. Los hay autóctonos, y la mayoría de ellos son recuperados o salvados
de situaciones en las que su vida corría peligro, pese a estar en cautiverio, puesto que en demasiados casos los salvajes fueron los humanos que se supone que tenían que cuidarlos. Y todos nos contaron su historia (con la
ayuda de una guía, claro).

Conocimos a Fox, un zorro al que le gustan los pimientos pero no los hombres, debido a que su amo lo maltrató cuando el instinto animal prevaleció a sus obligaciones como mascota; al coatí, un pequeño mamífero medio gato, a quien le chiflan las uvas, los kleenex (en especial los llenos de mocos) y las pulseras, cuanto más brillantes mejor.

También conocimos una pareja de búhos ya jubilados, a uno de los que se le cortó una ala con un cable que no estaba debidamente revestido; a Silvia y Alex, dos bellas águilas capaces de arrancarte la cabellera con sus garras; a
un divertido mapache, mezcla entre ladronzuelo y ninja; y a algunas tortugas de tierra, una de las cuales es una escapista profesional, pese a su poca velocidad y gran tamaño.

Al final del tour por las instalaciones acabamos compartiendo el Toca Toca familiar con todo tipo de animales, entre los cuales hay una tarántula peluda, un discreto camaleón, una escurridiza serpiente, y la iguana Dino, que hace honor al nombre por su envergadura, cuya cola es larga y dura como un látigo, además de muy afilada. Por suerte es tan dócil que acepta mimos de desconocidos, ¡siempre que la dejen tomar el sol tranquilamente, claro!

Salimos del CAN emocionados por la posibilidad de acercarnos tanto a animales tan lejanos en nuestra vida cotidiana, pero a la vez con un poco de tristeza por el hecho de saber que han sufrido, arrancados de su hábitat natural, debido a la poca sensibilidad de algunas personas. Aunque nos satisface enormemente contribuir a que ahora puedan tener una vida lo más digna y feliz posible, mientras sirven de ejemplo para concienciar en el respeto animal. Y el colofón final, recordatorio inolvidable, lo puso un peliagudo erizo… ¡que se nos cagó encima!

Para irnos del Bages con aún mejor sabor de boca, aprovechando que ya era la hora de comer, decidimos visitar Cal Ramon, un restaurante con solera de Navàs al que habíamos ido más de 10 años atrás— cuando Pau aún no
estaba en nuestros planes—: el típico local familiar (por los dueños, el servicio y porque todos los comensales eran familias) en el que reina un ambiente entrañable.

Y quizás sea este el adjetivo que mejor defina nuestra escapada al Bages, porque aunque hemos viajado en el tiempo hasta la época medieval, hemos conocido animales salvajes, y hemos hecho experimentos culinarios dignos
del Bulli, en todo momento y lugar nos han hecho sentir como en casa. Bienvenidos, arropados, a gusto. Y eso, especialmente cuando vas con niñ@s, no tiene precio.

Datos de contacto:
Camping Cal Paradís: web
Món Sant Benet: web
Hostal Soler: web
Centre d'Apropament a la Natura: web

Esta crónica forma parte del programa de visita organizado por la marca Barcelona és molt més de Diputació de Barcelona y Bages Turisme. Las recomendaciones y opiniones aquí vertidas son independientes y basadas en nuestra propia experiencia.

Categories: Cerca de Barcelona,De fin de semana

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